Economía sana.

La economía es una disciplina humana relacionada con el crecimiento, los ingresos, la riqueza y pobreza, el bienestar, los ahorros y el empleo. A pesar de ello, algunos de nosotros la hemos enclaustrado exclusivamente al ámbito de la administración en finanzas, dejando fuera de la ecuación a varias de sus aristas.

Etimológicamente hablando, la palabra proviene del griego oikonomía, de oîkos, «casa», y nomos, “norma”, lo que nos indica algo que inicialmente se entendía como ‘lo que ordena la casa’. El orden de nuestra casa, un sistema que dejamos a cargo de nuestro hogar, en donde habitamos. En la actualidad esto no es suficiente, puesto que también buscamos la economía del bienestar, inclusive de la felicidad. El término ha evolucionado.

Hace millones de años que nuestra “casa”, ese oikos, no ha sido un lugar aislado de algo mayor: ya hemos vivido en tribus por cientos de miles de años, hemos ido creando sistemas que incluyen nuestra alimentación, nuestros juegos y ritos, para luego idear lugares donde trabajar, obtener seguridad, crear vecindarios. Hemos ido ampliando este espacio de manera explosiva en los últimos 100 años, generamos nuestra economía ocupando lugares específicos para cada actividad de nuestra vida humana. Hemos expandido en estos días nuestra casa más allá de las ciudades que habitamos, a los territorios y mares que las circundan.

A pesar de ello, últimamente nos hemos acostumbrado a tener una mirada individualista  e incompleta del mundo, donde nos vemos a nosotros mismos separados de lo que nos rodea, de nuestras comunidades y la naturaleza. Hemos disminuido la amplitud de lo que llamamos “nosotros”, dejando fuera el mundo al que pertenecemos todos. Esto genera un enorme descalce en el uso que damos a los espacios compartidos, con quiénes los compartimos y por cuánto tiempo.

Sólo hace pocas décadas nuestra economía únicamente significaba eficiencia, productividad y dinero digital. Ese concepto, esa “nueva inteligencia” particular, esa tecnificación efectiva para aplicar ciencia y tecnología a los sistemas de producción y consumo, fueron un éxito temporal, un logro humano. Disfrutamos como nunca en la historia de la humanidad nuestro logro demográfico: más personas que viven más años en más lugares. Buena parte de la humanidad está sumida en esta visión económica, una perspectiva que ha confundido una habitación con todo el sistema que sustenta la casa, y quizás por ellos desde hace poco nuestro oikos tienes sus síntomas alterados; hace poco supimos que tenemos una economía enferma.

Ya son décadas en que venimos comprando productos vietnamitas, usando tecnología coreana, compramos ropa hecha en Pakistan (nosotros vendemos metales para sus fábricas). No es lo único que intercambiamos; respiramos el humo de las fábricas que están en China o en el norte de Chile (ya no nieva tanto porque parece que efectivamente el clima está cambiando por ese ‘humo’). La deriva es compleja y creciente, en especial en aspectos que no vemos, como la desaparición de especies, la deforestación, la escasez agua y la pérdida neta de la diversidad.

Habitamos en un orden insano de nuestra casa, hemos roto equilibrios, que más pronto que tarde, pondrían en riesgo nuestra vida personal por esta ceguera sobre su estrecha relación con el resto de los hilos de nuestra vida, sus vinculaciones y dependencias de largo plazo. Es producto de esta explosión ciega y sin medidas que surge la necesidad de una economía sostenible, como un concepto sobre las externalidades y los impactos, porque en apariencia económica: se nos acaba el planeta.

Nos tomará décadas de alcanzar un sistema de producción y consumo que sea lo suficientemente inteligente y efectivo para expandir el bienestar en el largo plazo y no sólo por una generación o dos. Existe el desafío de que esa expansión tenga una dirección creciente de sostenibilidad, tanta que nos permita incluso retirarnos de la superficie que nos hemos tomado y bajar la intensidad de nuestra influencia en el planeta. Sí, retirarnos.

En los bosques de Chernobyl, la fauna ha regresado en diversidad y número, y por lo que se ha logrado establecer que la principal amenaza para restablecimiento de la flora y fauna no es la radiación nuclear que mancha el territorio, sino la presencia humana. Sí, su sola presencia. Por eso innovar además en nuestras ciudades es tan importante, deben ofrecernos mejor bienestar, más inteligencia, mayor sostenibilidad.

Nuestra economía está desafiada, necesitamos ampliar el bienestar a más personas en forma económica, es decir, satisfacer más necesidades con menos consumo, con menos esfuerzo global. Necesitamos ampliar el concepto de “nosotros”, que la vida comience a ser parte de nuestra economía; tomando atención al significado de la oikos como global y que el sistema de producción y consumo humano sea sostenible para el suprasistema del que somos parte y dependemos.

Una nueva economía que esté más allá de los mercados, que los incluya, es decir, elevar la calidad de vida de muchas personas que aún están fuera de una vida saludable. Nuestro ojo comienza a mirar más alla de nuestra propia especie. Una economía que integre las finanzas corporativas, los vaivenes de la bolsa de comercio, y las palabras incomprensibles con aquellas cosas que nos afectan a diario, que ciertamente nos afectarán en el futuro, y que más allá de lo que creemos. Habitar una economía en donde creamos que nosotros tenemos un rol en ella, un impacto y una influencia.

Lograr comprender cómo funciona esta casa, que deambula por el espacio, esta aldea global, para ir redescubriendo que somos parte de ella y que cuando se enferma es probable que nos enfermemos tarde o temprano. Desarrollar una nueva norma de cómo funcione la casa, para una sanar nuestra economía y a nuestro planeta.

Omar Cid

Omar Cid

Consultor Organizacional, con foco en aprendizaje, innovación, emprendimiento y planificación sistémica. Con experiencia docente en universidades del Bío-Bío, Adolfo Ibáñez, U. Mayor, Católica de la Santísima Concepción, U. de Talca, San Sebastián y Santo Tomás.
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