La desigual esperanza de vida..

La “buena salud” que el doctor de la viñeta no supo afrontar, y no es más que el estado pleno de bienestar físico, mental y social. Tenerla en sí ya es bueno y provechoso, la salud se siente bien.

Cuando, la salud la tenemos por dada, se nos hace invisible, por ende, nos ocupamos de lo que creemos es nuestra vida, en nuestros problemas y desafíos, a ratos disfrutándola sin darnos cuenta de su valor, hasta que la perdemos. En ese momento buscamos a alguien que haga un esfuerzo por curarnos, para recuperarla.

Hasta ahora, entendemos que la salud, al perderse, se recupera, principalmente en hospitales, clínicas, postas, consultas o incluso en el extranjero; en esos lugares están las personas que saben del tema y que tienen los medios para el cometido. Incluso se llaman a sí mismos “centros de salud”, y por ende hay “ministerios de salud” que ocupan su presupuesto para tener estos centros equipados para que podamos tener de regreso nuestra salud, para que, nuevamente vuelva a ser invisible.

¿De qué forma perdemos la salud en Chile? Sabemos que una de cada 3 muertes es por ataques agudos al miocardio o accidentes vasculares, es decir, por “fallas” en nuestro sistema circulatorio. Por ellas, mueren en Chile todos los años 28.301 personas; 2 personas cada hora. Una segunda causa de muerte es el cáncer, en sus diferentes tipologías y agresividad, con 25.764 defunciones al año. Por último, nos encontramos con un conjunto de causas llamadas “externas”, donde se agrupan las heridas cortopunzantes, que principalmente son muertes por suicidios o accidentes de tránsito, las cuales suman 7869 muertes al año, de las cuales 5908 son de hombres. Hasta ahí suma el 60% de las muertes en Chile.

Pero esta no es la respuesta adecuada a la pregunta, porque preguntamos de qué forma se pierde la salud, y no por las cifras que hablan de muertos. Pregúntanos por enfermos, pacientes e idealmente curables.

Bueno, nos respondemos así porque muchas personas llegan a los “centros de salud” ya con un riesgo alto de perder no sólo la salud, sino que la vida, y los equipos médicos tienen el desafío de revertir este riesgo para lograr recuperar la vida y ojalá la vitalidad de estas personas en pocos instantes. Generalmente no alcanzan; la mayoría de las personas que se mueren en Chile son por afecciones que los médicos no pueden “curar” en un “centro de salud” en pocos minutos. Y si lo logran es probable que la persona regrese.

Pareciera que la salud se comienza a perder antes y más allá de los muros de estos centros, la personas se comenzaron a enfermar en sus casas, en los colegios, en los barrios, en las calles, y cuando estalla el cuadro, los hospitales reciben una emergencia que en muchos casos no alcanzan a revertir. Así, ante el riesgo de perder el estado de bienestar e incluso la vida, el sistema de salud sólo puede influir en un 25% en nuestro favor, un 10% el ambiente físico, un 15% la biología-genética y el restante 50% lo influye el ambiente social y económico. Nuestra salud puede verse afectada por factores y espacios muy diferentes de lo que entendíamos que era la salud: un hospital.  

Ya no son los microbios los que, en Chile, nos ponen en riesgo de muerte o de perder nuestra salud; ya no son patógenos externos que como depredadores nos toman de sorpresa y nos hacen ese daño.

¿Cómo entonces, llegamos a enfermarnos tan gravemente en poco tiempo? En parte, porque estos males desarrollan sus contextos propicios para gatillarse y esto le toman años. Son invisibles y silenciosos, y en un momento estallan.

Por ejemplo, las causas de los ataques agudos al miocardio y los accidentes vasculares son propiciados por hábitos de vida aprendidos (alimenticios, sedentarismo, violencia, entre otros), los cuales generan diabetes, alto colesterol y alta presión, y estos elementos juntos en un momento y bloquean nuestros sistemas vitales a tal grado que en minutos estamos muertos/as sin que exista un tiempo adecuado para que alguien nos salve. También sabemos que la obesidad estaría vinculada a ciertos hábitos aprendidos, los cuales pueden estar asociados a una ansiedad, un cuadro depresivo, y que, si no tienen tratamiento, derivan en un ataque al corazón, un accidente vascular, un suicidio o un “extraño” accidente de tránsito. 

¿Y el cáncer? También la vemos como una enfermedad mortal, pero con menor velocidad que los infartos, éste nos da meses y no minutos, y aun así frente a la muerte, es demasiado rápido. La muerte por cáncer no es uniforme o azarosa en su distribución en la población, también se concentra en aquellas personas con menos años de escolaridad, se concentra en hombres, se concentra en ciertos lugares, asociados a la distribución en las condiciones de vida.

Al indagar en el suicidio, que es una “causa” explícita de muerte autoinfligida generalmente para superar el dolor de una tristeza mórbida, se concentra en hombres, jóvenes y con baja escolaridad. La herida cortopunzante o ese choque en automóvil con grados de alcohol en la sangre quizás sean un método para parar ese cuadro depresivo, esa tristeza insoportable y que, como una epidemia, se extiende entre nuestra población. Las mujeres sufren más depresión que los hombres, pero los varones se suicidan tres veces más que ellas. Y tenemos tristes récords de suicidios de jóvenes y niños/as a nivel global

Hace pocos años hemos logrado extender nuestra esperanza de vida a la edad de 80 años en promedio.  Pero no todos llegan a esa edad, más bien, son muy pocas las personas que llegan a los 80 y son más mujeres. Y por lo que se sabe, la gran mayoría podría llegar a esa edad o más. Es decir, no está en nuestra genética humana o en un patógeno selectivo la causa de esta desigual distribución de muertes por años cumplidos. Incluso hace sólo unos pocos siglos la mortandad era mayoritariamente entre infantes, los niños y niñas ya al nacer, por una infección, un accidente, otra infección y ¿sin vacunas? hacía muy difícil que llegarán vivo/as a los 3 años. Los ancianos o adultos eran héroes vivos en esa época, pero eso ha cambiado.

En resumen, nos morimos antes de lo esperado de ataques al corazón, de “derrames cerebrales”, un maldito cáncer, de un “inesperado” accidente de tránsito, de un suicidio. Pero nos enfermamos desde antes, con mucha antelación, desde nuestras relaciones, nuestros hábitos de vida y tristezas, y estos elementos están vinculados los niveles de educación, a condiciones de vida, a una desigual participación comunitaria y ciudadana, al bajo involucramiento social y de la desintegración de comunidades y territorios, a los altos niveles de violencia psicológica y social. 

Una parte de nuestra gente se nos muere antes, y deja de contribuir a la sociedad y a disfrutar su vida con quienes quiere, les perdemos, perdemos talento, capacidad amativa y productiva. Y hablo del “nosotros/as” porque la solución pareciera tener que venir del colectivo, dado que no podemos pedirle a un paciente o, peor, a alguien que no se da ni por enfermo que se cure por sí misma/o) y antes de que sea demasiado tarde.

Las causas y las soluciones vienen del colectivo, porque necesitamos un esfuerzo colectivo sinérgico para modificar esas condiciones que dañan o ponen en riesgo el estado de su salud algunas personas por sobre otras. De esta forma, nuestra esperanza de vida, nuestra salud, la propiciamos y gestionamos desde un nosotros mayor, lo más inteligente como podamos, y tan efectivo que dejemos de construir hospitales para curarnos, porque ya no nos enfermaríamos de algo que podemos evitar y dejaríamos de preguntarle a un o una médico dentro de un hospital por nuestra “buena salud”, porque ya la hallamos entre nosotros, donde siempre debería estarlo, y donde sería más inteligente cuidarla.

Omar Cid

Omar Cid

Consultor Organizacional, con foco en aprendizaje, innovación, emprendimiento y planificación sistémica. Con experiencia docente en universidades del Bío-Bío, Adolfo Ibáñez, U. Mayor, Católica de la Santísima Concepción, U. de Talca, San Sebastián y Santo Tomás.
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