Salud mental cultural.

Hace algunos días me crucé en CNN con una entrevista a Otto Dörr en el programa de Mosciatti. Podrán ver esta entrevista en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=jDE69nj_nrU

De acuerdo al programa, el entrevistado habría sido citado para hablar sobre psicopatología en Chile. Me pareció un tema interesante, sobre todo considerando que fui estudiante de psicología por seis años y como profesional me parece fundamental mantenerse actualizado en cifras y perspectivas.

A medida que avanzó la entrevista, me fui sorprendiendo con la discusión. Si bien los argumentos de Dörr son muy tradicionalistas, al momento que declaró que la juventud actual carecía de valores, me tocó. Me sentí tan involucrada con este discurso que me tenté a hacer la siguiente publicación en mi Facebook.

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A partir de este post, aparecieron varias conversaciones y reflexiones. Quise escribir este artículo con el fin de profundizar en este llamado, integrando y agradeciendo la sabiduría que aportan las otras miradas.

Hace más de dos años que tuve mi primera introducción a la teoría cultural evolutiva (Graves), teoría a partir de la cual mi consultor partner Pablo Reyes co-escribió un libro. Gracias a esta cercanía, tengo la oportunidad de analizar esta situación con mayores distinciones.

Más allá de entrar a discutir las declaraciones puntuales de la entrevista, mi intención es evidenciar el trasfondo cultural desde el cual Dörr plantea sus argumentos.

En primera instancia, se evidencia una visión más bien tradicional que se sustenta en que las cosas son de cierta forma más allá de los argumentos científicos; que si bien los tiene, tiende a utilizar estos datos duros para justificar sus juicios de lo que está “bien” o “mal”. Cuando Dörr dice que la marihuana es la causa de la delincuencia, está asociando datos que obvian una relación compleja: reduce un problema social a una explicación simple que externaliza la responsabilidad sistémica poniendo el foco en las drogas y el narcotráfico (como si estos no fuesen problemas a los que contribuimos como sociedad). Esto es tan imprudente como tratar un síntoma y sin evaluar su causa.

Cuando señala que la juventud carece de valores y sólo valora la entretención y el carrete, deja en evidencia que los jóvenes no estarían actuando acorde a los valores que él considera son los “correctos”, excluyendo la posibilidad de validar valores diferentes a los tradicionales. Y obviamente, dado que las condiciones de vida han cambiado y por ende la cultura también, estos valores no son los mismos. Lo que no significa que los jóvenes no los tengan.

Justificarlo en las drogas y la falta de valores es una forma (reduccionista por cierto) de verlo. Una forma polar que excluye e invalida las otras miles de formas de verlo.

Otra forma más integral de verlo, podría ser considerar la calidad de vida que tienen, los conflictos familiares posibles, la alta carga horaria de estudios o trabajo que no dejan tiempo para vivir, la incongruencia de estos trabajos con sus reales intereses, el infinito acceso a conocimientos a nivel global, el vacío ante la pregunta “¿para qué estoy aquí?” y el discurso clásico de cualquier padre/madre a su hijo/hija “¿quiero que seas feliz?”.

No parece tan raro que 40% de las personas consuman drogas para recrearse y que intenten compensar la sobrecarga de la semana con el carrete del fin de semana. Sobre todo cuando nuestra cultura paternalista prefiere ejercer control y prohibiciones en lugar de enseñar sobre consumo responsable. Me cuadra que la gente llegue a los 40 preguntándose “¿en qué momento pasaron tantos años?”.

Así como he sido testigo de muchos amigos y conocidos de todas las edades que se comportan así por estas razones, también he tenido el privilegio de conocer a otros que, inconformes con el protocolo clásico de cómo vivir (estudiar, entrar a la universidad, tener un buen trabajo, casarte, tener hijos, etc.), han optado por otras opciones. Ya sea buscando aprendizaje y sabiduría en otros lugares del mundo para enriquecer su mente de otras culturas y formas de vivir, o ya sea buscando trabajos que conecten con sus intereses profundos o emprendiendo negocios con algún propósito que los movilice auténticamente. Estos últimos, para mí, son reflejo de una nueva forma de ver el mundo. No se trata sólo de la edad, se trata de personas que han adquirido otro tipo de sabiduría, cada día más necesaria.

Estamos en un momento evolutivo lleno de externalidades producto de cómo hemos llevado culturalmente nuestro desarrollo… la contaminación, la extinción de especies, las guerras y potenciales guerras, la discriminación y exclusión, el consumo de agua y energía, la población, la deforestación, la explotación de la pesca, el nivel de CO2 y el mercado de los automóviles. Es un momento evolutivo lleno de oportunidades para generar soluciones a problemáticas más complejas que nunca.

¿Mi apuesta? Aprovechar todo lo que ya existe y que funciona, pues también ha generado grandes resultados en calidad de vida humana & abrir las puertas a esta nueva forma de ver el mundo, de hacer negocios, de vivir y valorar. El mundo necesita personas que valoren la riqueza de la diversidad, que valoren y cuiden el mundo natural, que actúen acorde a su propósito y vean más allá de la convención social existente.

Dejemos de polarizar las perspectivas y exploremos los miles de grises que existen entre el blanco y el negro, pues así como en psicopatología y política, los extremos son los más dañinos. La clave de la sanidad está en la flexibilidad para adaptarnos.

Catalina

Catalina

Psicóloga y Magíster en Psicología de las Organizaciones en Universidad Adolfo Ibáñez con premio de excelencia académica de su generación. Trainer certificada en Metodología CEFE Integral y formada en Sociocracia 3.0 con Thrive in Collaboration. Asistente de proyectos y facilitación en programas de cultura evolutiva en Plataforma Áurea.
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